"Me atrevo a decir que en todo el orbe no hay persona que se deleite con tus lágrimas. Pues dime: ¿para qué son? ¿Piensas que tu hermano tiene contra ti el ánimo que ningún otro tiene, queriendo que con tu aflicción te atormentes? Esto no es verosímil, porque siempre te amó como a hermano; y así, aunque quiere que le eches menos, no quiere que te atormentes. ¿De qué, pues, sirve que te consuma el dolor que tu mismo hermano (si es que en los difuntos hay sentidos) desea que se acabe? (…) Corran las lágrimas, pero tenga fin la corriente. Gobierna tu ánimo de tal manera que te aprueben los sabios y tus hermanos. Procura que frecuentemente te ocurra la memoria de tu hermano para celebrarle en las conversaciones y para tenerle presente con la continua recordación. Lo conseguirás si hicieres que su memoria te sea agradable y no dolorosa, porque es cosa natural el huir siempre el ánimo de aquello a que va con tristeza."
Es una de las tantas cosas que le decía Séneca a Polibio, en el libro que le dedicó para consolarlo por la muerte de su hermano; libro por el que llamé a mi mamá hace un poco más de un año, para contarle que al fin lo había encontrado y que lo iba a comprar. Creo que jamás dejarán de sorprenderme las vueltas que da la vida. En este día, ese libro alivia un poquito mi pena por no tenerla junto a mi ni poder volver a abrazarla. Pero como bien dijo Séneca que hay que hacer, hoy y siempre la recuerdo sonriente con esa tremenda bondad que desprendía su mirada.
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